viernes, 19 de diciembre de 2008


Desde que me dijeron que te ibas a morir hasta el dia de tu muerte, pasaron diez meses.
Tres millones de veces latió mi corazón en esa espera aterrorizada, con el llanto encadenado en la garganta, simulando una sonrisa serena, esperanzada, mientras te miraba consumirte, temer, interrogarme con tus ojos negros de cielo nublado, de acuarela de mapa, de mediterráneo transparente.
Eras el hombre que me hacía sentir importante.
Quizás esto que parece trivial a muchos, fue lo mas intenso de nuestra amistad.
Por favor, supliqué tanto un milagro!
¡Por un año más de vida juntos, ofrecí todos los años que me quedaban por vivir!
Diez meses duró la agonia, mi pobrecito amigo .
A él, la moderna sociedad que gasta millones de dólares en fabricar la destrucción, no pudo ofrecerle más remedio que la espera y unas pastillas inservibles para aliviarlo apenas. . .
Y ahi estaba mi amigo, mi querido, mi compañero, mi calor de la noche, mi chiquilin sonriente, mi olor a cigarrillo, mi abrazo, mi cansancio, mi alegria, mi dolor, mi desvelo, mi enojo, mi asombro, mi ramito de lluvia, vuelo de colibrí, aljaba florecida, jazmín de diciembre, albhaca perfumada, mar de enero, velero . . .
Allí, un universo que se iba transformando en lágrima y ceniza.
Mi amigo muriendo, llamándome cada vez que me alejaba tres pasos de su cama, diciéndome "Te quiero", haciendo planes para nuestro futuro, preguntando: "¿Cuándo vamos a casa? quiero ver a mi perra Maravilla".
Oh, Maravilla todavía lo espera a las siete de la tarde, parando las orejas, creyendo adivinar el sonido de sus pasos que entran..
Y hasta yo, que te tuve apretadas tus manos entre las mías hasta que exhalaste tu último aire, yo que apoyé mi cabeza sobre tu pecho cuando el silencio apagó los latidos de tu corazón. . . hasta yo levanto la cabeza aguardando verte llegar, con tu invariable saludo de "hola cachivache" y un beso en la frente, estuviera quien estuviese.
Y a cada rato voy a comentarte algo, o pienso "esto se lo tengo que contar a Facundo". . .
No puedo pensar en vos como si no estuvieras.
Porque estás en el gusto de lo que saboreo, en el olor de lo que me rodea, en los discos que escuchábamos juntos, en tu ropa en el placard, en las lucecitas de la pulsera que me regalaste.
Estás en los frasquitos de especias de la cocina, en tus lociones del baño, en mis cartas que guardabas tan cuidadosamente en una caja de cigarrillos, en tus cartas que yo guardo cuidadosamente, en el paquete de yerba empezado, en la solidaridad de los amigos que no cesan de acercarse.
Y estarás en tantas cosas que haré en el futuro y habíamos proyectado juntos.
Fueron siete años intensos.
Y sólo una cosa me arranca de la desesperación: saber que por suerte los vivimos.
Que tuvimos la dicha de encontrarnos.
Que nuestros antiguos dolores se convirtieron en un triunfo de amor.
Que nos tuvimos.
Que pudimos compartir todo lo que un hombre y una mujer pueden compartir.
Que no envejecimos juntos, pero gastamos con fruición y con fuerza el esplendor de siete años como soles, como jardines, como infinitos huertos. . .
Ahora voy a apagar la lámpara y me voy a dormir con tu foto al lado, con la cara sobre tu almohada llena de tus pensamientos.
Y luego al mar, para enjuagar en sus aguas de vida las sombras de diez meses de dolor y agonía.
Y voy a juntar caracolas, como todos los veranos, para que sigas haciendo cosas con mis manos, y con mis pisadas dejes tus huellas en la arena.
Porque mi cuerpo seguirá siendo siempre la casa de tu alma.
Y el cielo de la tarde siempre será tus ojos negros.
Y siempre que lo mire te estaré mirando, como cuando nos decíamos que estábamos contentos usando las miradas en lugar de las palabras, y a los dos nos corría electricidad por la espalda y terminábamos abrazados en el piso. . .
Ay, no puedo evitar (¿podré algun dia?) que hasta ese cielo se remonte el barrilete claro de mis lágrimas.

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