martes, 11 de noviembre de 2008


Suelo no darme cuenta de las cosas, pasar de largo y seguir encaminada a cualquier parte. Suelo despedir a la gente más entrañable, comer lento y sonreír cuando quiero algo. No soy una chica que aprecié la compañía, no soy modesta ni mucho menos humilde. Me dejo llevar por un par de líneas que encuentro en un libro, algo así como: “Cómo es ese beso simple como el pan dulce espolvoreado de azúcar. Es exactamente así”. Y regreso a ellas incontables veces, las imagino, las volteo y lamo sus entrañas; debido a ese acto, no miro la periferia, los bordes de lo que la gente se empeña en llamar “realidad”. Desprendo un par de plumas de gorrión y juego con ellas, mientras pasan de largo mis amigos, mi familia, mis amantes, mis recuerdos, los charcos y la señales de alerta.
A veces me pregunto si me niego a algo, si me pesa tanto ver las cosas que todos ven; a veces creo que sería más sencilla mi vida sin imaginar a un ejército de pelotas rojas combatiendo el crimen en la ciudad o a un grupo de niños cantando notas indescifrables y vestidos con telas etéreas, ver como las nubes encierran un país, una ciudad, lo que pudo ser.
Soy injusta y malcriada, egoísta y voluble; no me gusta la leche tibia (muy fría o muy caliente), adoro el silencio y quedarme callada, me gusta desesperar a mi interlocutor, eso me habla más de esa persona, me muestra su lado más animal, lo más sincero; grito cuando me duele algo, cuando se me rompe el corazón y estoy parada en la nada, me callo cuando la ira se apodera de mí. Canto si estoy nostálgica, cuando pasa eso es casi imposible hilar una conversación.
No soy una mujer sencilla, no valgo mucho, no uso tanga y perfume Samba, veo televisión para poder platicar con mi familia, los noticieros me enfurecen, me gustan las series de dramas.
Siempre pierdo los separadores de los libros, creo que es una especie de complot que organizan mis libros para que los relea y relea y me demore más en terminarlos. Ellos (mis libros) y yo somos muy buenos amigos y como todas las amistades, ésta tiene sus devenires, nos peleamos terriblemente, me escupen, me tachan de estúpida y poco sensible, yo les recrimino su mala redacción o pésima traducción, sus debrayes y su presunción.
Nunca aprendí a andar en patin, confieso que soy sumamente cobarde. Soy una nómada muy sedentaria, una esquizofrénica bastante sana, una solitaria muy locuaz.
Mi ciudad me aprisiona, me insulta y me dice que no deje de recordar, cada piedra, cada ventana, cada anciana y cada globero me gritan que ya pasé por esa calle, que la vida es un interminable caminar y caminar por las mismas calles, cientos de veces.
Fumo porque fumar es verosímil, inspirar-exhalar, nada más verdadero como eso. Me gustan los perros pequeños, los globos con helio, mirar el techo y estar descalza. Aprecio mucho los besos espontáneos, no me gusta que me pidan un beso o un abrazo. Soy más fiel que el perro más fiel. No me gusta mentir y cuando lo hago, simplemente estoy diciendo la verdad.
Cuando escucho música, jodo a los vecinos o inquilinos, tengo la firme idea que la música es para lo alto y escandaloso, de otra forma no sirve. (Escuchen esto y díganme si es posible mantener el volúmen bajo)
Odio los celulares y los tacones, odio que me despeinen y no me den la mano. Me gustan los libros donde aparecen palabras como: esparadrapo, sacapuntas, alfeizar, mar, azar, juego, destino, espasmo, delicado, dulce, volar, violín, laberinto, beso y subsuelo.
Y además, una vez le jalé el ala a una mariposa.

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