Llueve. Mi vida es eso: ver llover, siempre ver a través de algo cómo el agua va limpiándome de todo, cómo mi piel de poroso cemento se chupa su furia cristalina. Entonces lloro, y soy más de lluvia aún, mas acuática y obsorbente. Mi vida es, de a ratos, pasar los puños destartalados por los vidrios empañados para confirmar mi sorpresa que ha dejado de llover, y quizás nunca suceda.
Llueve, pero es peor que eso: es un verdadero mounstruo diluviano que crece y crece, y solo se esfuma, o tal vez se esconde, cuando le muerde los pies a algún golpe de memoria, esas imágenes que nacen de nada y que también tienen algo de moustruo, con su origen inexplicable y su forma final casi siempre incomprensible...